Su enfermedad renal ha sido tan torbellino como su día a día. Hace poco más de 4 años, sin haber tenido ningún signo de enfermedad, un día se levantó sin ver por el ojo izquierdo. Tras muchas pruebas vieron que tenía nefropatía IgA --también conocida como enfermedad de Berger-- que consiste en la acumulación de un anticuerpo llamado inmunoglobulina A en los riñones que termina dañándolos.
Sin una cura posible, un tratamiento conservador puede frenar su avance mediante el control de la tensión arterial y de los niveles de colesterol. Sin embargo, Francisco no recurrió a él cuando todavía era posible poner freno al daño renal. “Me suponía sano, nunca iba al médico y cuando me diagnosticaron esta enfermedad, ya era muy tarde: la enfermedad renal ya estaba en estadio 4, me quedaba un 30% de la función renal”.
Un trasplante aplazado por la pandemia
Tenía 32 años y, como reconoce Francisco, “no contaba con eso”. En el hospital, durante los 40 días que estuvo ingresado la primera vez, pensó que había estado viviendo en una burbuja: “yo creía que me iba a morir de viejecito y ahí estaba, sin saber qué podía esperar”.
Después de muchas pruebas y entrevistas con psicólogos y médicos y de leer mucho sobre la enfermedad renal crónica, asumió su situación y entendió que el tratamiento conservador iba a ser insuficiente y que, en poco tiempo, tendría que empezar con diálisis.
Como punto de inflexión, su hermano le dijo que quería donarle su riñón. “Empezamos en 2019 con todas las pruebas, pero luego llegó la pandemia y se traspapelaron algunos resultados. Los médicos me recomendaron empezar con la diálisis y dejar para después el trasplante”.
Así que un día le prepararon para colocarle el catéter en el peritoneo. Pero de nuevo otro cambio de guion: “me hicieron una analítica y vieron que había empeorado tanto que no podíamos esperar el tiempo que requiere la preparación del peritoneo para la diálisis peritoneal ya que había que empezar a dializar ya. Así que comencé con la hemodiálisis”.